La tragedia humanitaria provocada por el reciente terremoto con epicentro en el Pacífico colombiano ha despertado nuestra solidaridad. Además, pistas sobre los primeros afrodescendientes en nuestros territorios.
Olmedo Polanco
Alexis no nos ofreció la prueba de ‘viche’. Es más, no cedió ante nuestras sutiles peticiones. La botella de vidrio con la bebida alcohólica artesanal y ancestral de la región del Pacífico colombiano, permaneció inmóvil sobre la mesita instalada en el rincón de su oficina. “De lo que trae se le calienta”, acostumbramos a decir en el Sur de Huila. Durante la conversación acabé de beber el litro de agua que me recetó el médico Gustavo Adolfo Polanco Restrepo.
“Los huilenses y nosotros tenemos muchas cosas en común”, atina a decir Francisco Alexis Arce Arango (Quibdó, 8 de octubre de 1968), contador público graduado en la Universidad de La Salle, en Bogotá. “Llegué a Neiva desde Cartagena, durante la tercera oleada de afrodescendientes”. ¿Qué tenemos en común?, pregunto. “Entre otras cosas, el apego a nuestros saberes ancestrales y que las músicas hacen parte de las formas narrativas que expresan nuestros valores culturales. Eso sí, en Neiva son más bulliciosos que nosotros; eso es mucho decir”.
Es la noche sofocante del jueves 20 de agosto en Neiva. En ‘Casa Afro’, en un sector concurrido del barrio Calixto Leyva dialogamos sobre la solidaridad que ha despertado la emergencia causada por el terremoto del 10 de agosto, con epicentro en inmediaciones de San José del Palmar (Chocó). También se incorporó al diálogo informal María Luisa Ríos Vanegas. En ‘Casa Afro’ está concentrado el segundo lote de las ayudas humanitarias aportadas por ‘personas de buena voluntad’ de la capital huilense y que pronto serán enviadas hacia el Pacífico. En las partes bajas de las paredes están fijados los carteles que indican qué hay en cada espacio de la sala.
“La solidaridad ha desbordado nuestras expectativas”, ha dicho sorprendida Vanessa Burbano Herrera, (San Juan de Pasto -Nariño-, 7 de diciembre de 1994) y que integra el equipo inicial conformado para apoyar a sus paisanos en el occidente colombiano y en su litoral. Del colectivo también hacen parte Verónica Yadith Calvo Tafur (Bogotá, 3 de octubre de 1990) y José Enrique Moreno Nagles (Bahía Solano -Chocó-, 18 de marzo de 1976), que lideró la primera caravana que partió el lunes 17 de agosto hacia Quibdó.
Los maestros normalistas y la primera oleada
El presidente liberal Alfonso López Pumarejo fundó la Escuela Normal Superior de Quibdó, el 6 de junio de 1932, con apoyo del dirigente Diego Luis Córdoba. El centro educativo de carácter público tenía la misión de contribuir en la formación de maestros para los niveles de preescolar y básica primaria. Destaca por su enfoque en la inclusión y la etnoeducación. Funcionó inicialmente en una casona contigua a la Catedral ‘San Francisco de Asís’ de Quibdó.
Con relación a su sello identitario, la Escuela Normal de Quibdó se propuso rescatar los valores culturales y el pensamiento pedagógico desde la perspectiva etnoeducativa de la región del Pacífico colombiano. A continuación recuperamos los nombres de profesores formados en la institución educativa de Chocó, que ‘desembarcaron’ en nuestro territorio huilense: Jorge Arturo Ríos Bustillo, llegó como profesor al Colegio Santa Librada en 1974, “Que funcionaba como internado para profesores”, complementa su hija María Luisa. “Se casó con mi madre Judith Vanegas Tovar, oriunda de Villavieja (Huila). A manera de complemento, mi padre fue campeón nacional de billar”.
También llegaron a la capital huilense los hermanos Rafael y Félix Pino; el primero, destacado en las posiciones de marcador y puntero jugando al fútbol. Afranio Rengifo Machado, se instaló como docente en el Instituto Técnico Superior, Sofonías Mena Mena, en el INEM, Suramérica Maturana Pino, arribó para trabajar en una institución del municipio de Garzón. También hacen parte de aquella primera diáspora de maestros: Juvenal Mosquera, Pedro Caicedo Licona, Mario Botero y Elimeleth Perea Mosquera, oriundo de Tadó y que trabajó en un colegio del municipio de Timaná.
Los nacionales en juego y la segunda oleada afro
A la Universidad Surcolombiana llegó la segunda oleada de afrodescendientes. Los registros de la prensa regional y nacional mencionan que un grupo de estudiantes de la Universidad Surcolombiana atendieron el llamado del dirigente Iván Perdomo, interesado en conformar la selección Huila para competir en los XI Juegos Deportivos Nacionales. Las justas deportivas, inicialmente programadas para el año 1978, se cumplieron entre el 28 de noviembre y el 15 de diciembre de 1980.
El equipo de baloncesto estaba integrado por: Braulio Calimeño, Raimundo (Ray) Cuesta Baldrich, Giovanny Córdoba Rodríguez (Chacho), Daladier de Marchi, José Martínez y Elkin Valencia. Los afrodescendientes, que actuaron en representación de Huila, se impusieron en la final jugada el 15 de diciembre ante la selección veterana de Antioquia. Los ‘novatos’ apenas contaban 11 meses de trabajo en equipo y ganaron la titular entre 30 deportistas convocados en el mes de enero de 1980. Los jugadores del Pacífico apenas sumaban año y medio de estadía como estudiantes en Neiva. “Llegamos a Huila porque en Chocó no teníamos las mejores posibilidades de adelantar estudios superiores y éramos buenos deportistas”, expresó a la prensa nacional Elkin Valencia, que integró la Selección Colombia de Baloncesto en Cali para el mundial de 1981.

Rayuela: caso aparte
Yolanda Rodríguez, aparece como actriz extra, representando a una bailarina en la escena de ‘El Embajador de la India’ (1987), la pintoresca obra cinematográfica que ‘retrata’ los tres comportamientos típicos de la idiosincrasia nacional: el arribismo, la adulación y el chisme. Yolanda, era muy cercana a Álvaro Lucio y a Afranio -de quien se dice que ‘vendía hasta el alma’, pues era comerciante de enciclopedias. La mujer morena danza en un lugar de diversión nocturna en Neiva. Ella fortalece con su actuación natural la historia pintoresca de una historia real ocurrida en 1962 en la capital huilense. A manera de contribución documental, la obra cinematográfica dirigida por Mario Ribero Ferreira y protagonizada por Hugo Gómez, versa sobre “Jaime Flórez, provinciano astuto y malicioso, se ve envuelto en el equívoco de que los notables de una ciudad colombiana de clima muy ardiente lo confundan con el representante diplomático de la India. Sin mucho esfuerzo decide aprovecharse de la situación y engaña a todo el mundo, hasta que lo descubren”, se lee en la sinopsis publicada por Proimágenescolombia.com.
Yolanda -‘La Negra’-, emprendedora comercial de la rumba y estudiante de Lingüística y Literatura, manifestó su admiración al escritor argentino Julio Cortázar y bautizó con el nombre de ‘Rayuela’ a un espacio cultural ambientado con salsa, guaguancó, son, montuno y boogaloo. El negocio funcionaba cerca de la USCO. “Allí llegábamos algunos profesores y estudiantes de la universidad que compartimos los gustos musicales con trabajadores de la industria petrolera y de la Central Hidroeléctrica de Betania”, comenta el profesor Luis Carlos Rodríguez Ramírez, que recién ha pasado el susto del terremoto que lo sorprendió en Armenia (Quindío). Las tertulias académicas iniciaban previamente en ‘La Isla’ -en el costado sur del Parque Club del Norte-, frente a la institución de estudios superiores.
Las corrientes migratorias de Cauca hacia el Sur
Cuando Carlos llegó de visita a Pitalito (Huila), no había más de cinco afrodescendientes en el municipio. “Nos recibieron con admiración. La gente, que no había visto negros entre sus comunidades mestizas, se asomaba por las ventanas y se echaban la bendición. Otras personas se tocaban las rodillas”. -Y eso, por qué-, le pregunto. “Pues porque creían que era cuestión de buena suerte realizar esas prácticas culturales cuando nos veían pasar frente a sus casas”, afirma entre risas Carlos Arturo Gonzáles Mina (Puerto Tejada -Cauca-, 6 de enero de 1948).
Cuando desbordaban los límites de la confianza, las personas más atrevidas de Pitalito le pedían permiso a Carlos Arturo y tocaban sus cabellos negros y muy ‘chutos’. “¿A ustedes los negros les entra el agua hasta la cabeza?”, recuerda que le preguntaban. Había llegado de paseo al Valle de Laboyos el 27 de enero de 1968. Cursó estudios de bachillerato hasta el grado noveno en el colegio de varones en el municipio de Bolívar (Cauca). “Luego ingresé en la Escuela Normal de Popayán y como no me gradué allí, porque me faltaba un quimestre para terminar, pues ingresé en la Escuela Normal de Pitalito y culminé mis estudios”, recuerda el hijo de Ana Polonia y de Manuel Ignacio Gonzáles Viveros; ella nacida en Santander de Quilichao (Cauca), y él en Jamundí (Valle del Cauca).
El censo de afrodescendientes en el sur de Huila lo complementaban: el psicólogo Evelio Valencia, maestro en la Normal de Pitalito, y tres estudiantes afrodescendientes, En San Agustín estaba el profesor Ernesto Pen Perea en el Colegio Nacional ‘Laureano Gómez’.
Volver a casa
Sobre el mediodía de este viernes ha retornado José Enrique a Neiva. En territorios de Chocó ha dejado más de 60 toneladas de ayuda humanitaria. En seis camiones dispuestos por algunas personas que prefieren mantener sus nombres en reserva, y gracias a empresas privadas con sede en la capital huilense, se enrutó el cariño representado en centenares de artículos que ayudaron a solventar la tragedia. En la logística del primer envío prestaron concurso: Sandra Acebedo, representante de la Constructora Macna S.A.S. BIC, la empresa Yensa Insumos Neiva, Valentina Quintero Fajardo y el Consejo Regional Indígena de Huila -CRIHU.
“Viajamos desde Neiva el lunes 17, a las dos de la madrugada, y llegamos a Quibdó sobre la media noche del mismo día. Desde ese mismo instante, Abiuth Laguna, Oliva Asprilla y otros voluntarios se sumaron al trabajo logístico de desembarcar y organizar las donaciones en forma de paquetes. “Distribuimos las ayudas en sectores de Quibdó. Atendimos a las víctimas que afectó el terremoto en Yuto”, cabecera municipal de El Atrato.
Sumado a lo anterior, “No sólo llevamos el amor opita representado en mercados, medicinas y otros artículos, volvimos a Chocó cargados de ilusiones y esperanzas para nuestra gente”, ha dicho José Enrique, llegado inicialmente desde Manizales en el año 2000, luego de empezar estudios artísticos en la Universidad Distrital de Caldas. Es licenciado en música por la Universidad Surcolombiana. También cursó estudios de Administración en la Escuela Superior de Administración Pública -ESAP-, en Neiva.
“A pesar del dolor provocado por esta tragedia, no está de más conversar amenizados con músicas folclóricas del Pacífico colombiano y completar el ritual comunitario compartiendo unos viches”, propone José, intérprete de la percusión folclórica y del saxofón y el clarinete.






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