La Alcaldía Mayor de Bogotá ha anunciado una medida sin precedentes que busca reequilibrar la carga fiscal y la infraestructura vial de la capital. A partir del año 2026, los vehículos particulares que circulan habitualmente por las calles de Bogotá pero que no están matriculados en la ciudad deberán acogerse a la restricción de pico y placa durante dos sábados al mes. Esta iniciativa surge como respuesta a un desequilibrio creciente, donde un 30% del parque automotor que transita diariamente por la urbe contribuye con sus impuestos en otros municipios, generando una disparidad significativa en la financiación de los servicios de movilidad y el mantenimiento vial.

La decisión, comunicada por el alcalde Carlos Fernando Galán y su equipo de las secretarías de Movilidad y Hacienda, tiene como objetivo principal incentivar a los propietarios de estos vehículos a realizar su matrícula en Bogotá. Esta estrategia busca recuperar una porción considerable de los ingresos tributarios que la ciudad ha dejado de percibir durante años, recursos esenciales para la inversión en infraestructura de transporte público, mantenimiento de la malla vial y la implementación de soluciones que mejoren la calidad del aire y la fluidez del tráfico en la metrópolis.

Contexto y Justificación de la Medida

El anuncio de esta nueva restricción no es casual. Se basa en un exhaustivo diagnóstico que ha revelado un patrón preocupante: mientras el parque automotor de Bogotá no deja de crecer, la proporción de vehículos matriculados dentro de la ciudad ha experimentado un descenso constante desde 2012. En aquel año, Bogotá representaba el 37.3% de los registros vehiculares a nivel nacional; sin embargo, esta cifra ha disminuido drásticamente en la última década, a pesar de que la demanda de infraestructura vial y los desafíos de movilidad en la ciudad se han intensificado considerablemente.

Este desfase no es meramente estadístico; tiene repercusiones económicas tangibles. La administración distrital estima que entre 2012 y 2015, Bogotá dejó de percibir aproximadamente un billón de pesos en concepto de impuesto vehicular. Este monto, que debería haber sido invertido en el mejoramiento de la movilidad capitalina, terminó engrosando las arcas de otros municipios donde los propietarios optaron por registrar sus vehículos, a pesar de que su uso principal y diario se da en la capital.

Impacto Económico y Ambiental de la Matrícula Foránea

El fenómeno de la «matrícula foránea» se ha acentuado, llegando al punto de que hoy en día, tres de cada diez vehículos que circulan por Bogotá pagan sus impuestos fuera de la jurisdicción. Esta situación genera un doble impacto negativo para la ciudad: por un lado, reduce significativamente los recursos disponibles para proyectos de infraestructura vial, mantenimiento de carreteras y desarrollo de sistemas de transporte masivo; por otro, Bogotá asume los costos asociados a la congestión vehicular, la contaminación ambiental y el desgaste de su infraestructura, sin recibir la compensación fiscal correspondiente por esos mismos vehículos.

Las cifras son elocuentes: el crecimiento del parque automotor no matriculado en Bogotá ha superado con creces al de los vehículos registrados localmente. Datos recientes indican que los carros foráneos aumentaron a una tasa cuatro veces superior a la de aquellos que contribuyen fiscalmente en la ciudad. En 2024, el crecimiento nacional del parque automotor fue del 4.8%, una cifra notablemente superior al 1.1% registrado específicamente en Bogotá. Esto subraya un problema fundamental: hay más vehículos en las calles, pero proporcionalmente menos contribuyen al presupuesto distrital que sostiene y mejora la movilidad urbana.

Objetivos y Desafíos de la Nueva Restricción

Con este panorama, la administración distrital defiende la implementación del pico y placa para vehículos no matriculados en Bogotá como una medida correctiva esencial. La restricción busca funcionar como un incentivo regulatorio, presionando a los propietarios a alinear la ubicación de la matrícula de sus vehículos con el lugar de uso principal. Se espera que esto no solo aumente los ingresos tributarios de la ciudad, sino que también promueva una mayor equidad en la contribución a los costos de la movilidad urbana.

Sin embargo, la medida no está exenta de interrogantes y potenciales desafíos. Surge la cuestión de cuán efectiva será realmente para modificar el comportamiento de propietarios que históricamente han optado por registrar sus vehículos en otros municipios, quizás buscando menores tarifas o beneficios específicos. Asimismo, la restricción podría generar controversia entre aquellos ciudadanos que dependen del uso de su vehículo particular durante los fines de semana, especialmente los sábados, para actividades familiares o laborales.

Este nuevo pulso entre la necesidad imperante de financiar y mejorar el sistema de movilidad de Bogotá y la posible resistencia ciudadana a nuevas regulaciones refleja una tensión estructural. La administración busca corregir un problema de larga data con un ajuste normativo que, si bien puede parecer parcial, es un paso significativo hacia una gestión más sostenible y equitativa del parque automotor en la capital.

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