El recorrido hacia la tragedia en Cajicá se inicia en el puente Fagua, una modesta estructura de piedra que da acceso a la hacienda homónima. A escasos metros, en un paraje ligeramente arbolado y con suelo fangoso, se encontró el cuerpo sin vida de Valeria Afanador. Un río cercano, de aguas poco profundas, se convirtió en el escenario de una pérdida que embarga de dolor a toda la comunidad.
El canto constante de las aves y la serenidad del lugar contrastan con la facilidad de acceso a esta zona. La alcaldesa de Cajicá, Fabiola Jácome Rincón, reconoció este hecho: “Es un río de fácil acceso, pues existen vías que lo sobrepasan y viviendas muy cercanas. De hecho, la gente lo frecuenta con fines turísticos”.
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Desde el puente se divisa el colegio donde estudiaba la niña, un edificio que permanece silencioso y cerrado. En las estrechas calles entre conjuntos residenciales, los vecinos aún se muestran incrédulos: “He vivido aquí toda mi vida y nunca había ocurrido algo así. Como madre, me duele profundamente, pues siempre albergaba la esperanza de verla regresar con vida”, comentó una residente.
La plaza principal del municipio refleja el luto. Las banderas de Cundinamarca, Colombia y Cajicá ondean a media asta en memoria de Valeria. Allí, entre oraciones y conversaciones susurradas, se alza un clamor unánime: justicia.
“Exigimos que se esclarezca la verdad. Hoy fue ella, mañana podría ser cualquiera de nuestros hijos”, expresó un ciudadano con el rostro marcado por la preocupación. La aparente tranquilidad del pueblo se ve contrastada por una pregunta que resuena en cada esquina: ¿qué sucedió realmente?
Los vecinos no comprenden cómo, tras días de búsqueda, el cuerpo apareció en un lugar ya revisado. Esta extrañeza alimenta la incertidumbre y refuerza el pedido colectivo de verdad y justicia. La muerte de Valeria conmocionó no solo a Cajicá, sino a todo el país.
En medio del dolor, su familia recuerda la alegría que Valeria irradiaba. Felipe, primo de la niña, la describió con emoción: «En sus diez años solo nos trajo felicidad. Desde el primer día nos unió como familia. Se nos fue demasiado pronto”.
Hoy, Cajicá se debate entre la tristeza y el temor. Padres y madres miran a sus hijos con angustia, cuestionándose la seguridad en un municipio que siempre percibieron como pacífico. Pero más allá del miedo, persiste una demanda unánime: conocer la verdad sobre lo ocurrido a Valeria Afanador y evitar que su partida quede en el silencio.
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