El 10 de abril de 1912, el majestuoso RMS Titanic zarpó de Southampton con destino a Nueva York. A bordo, más de 2200 almas depositaban su confianza en la proeza de la ingeniería humana, creyendo en la invulnerabilidad del barco más grande y seguro jamás construido. Sin embargo, la noche del 14 de abril, a las 23:40 horas, un iceberg disipó trágicamente esa ilusión de seguridad. A las 02:20 horas del 15 de abril, el Titanic se sumergió en las heladas aguas del Atlántico, cobrando la vida de más de 1500 personas en uno de los mayores desastres marítimos de la historia.
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Entre los pasajeros de aquel fatídico viaje se encontraba John Harper, un pastor bautista escocés. Viajaba acompañado de su hija de seis años con destino a Chicago, donde había sido invitado a predicar en la reconocida iglesia de D. L. Moody. Aunque no era una figura pública, su fe se destacaba por su inquebrantable firmeza.Los testimonios de los sobrevivientes, recogidos en múltiples registros, relatan la extraordinaria actitud de Harper. Tras asegurar un lugar para su hija en un bote salvavidas, él rechazó su propia oportunidad de salvación para dedicarse a compartir el mensaje de Cristo. Su prédica resonó primero en la cubierta del barco y, posteriormente, en las gélidas aguas del océano.Uno de los relatos más impactantes describe cómo, mientras flotaba entre los restos del naufragio, Harper se dirigió a otro hombre con la pregunta: «¿Es usted salvo?». En aquel escenario de caos y desesperación, no había tiempo para formalidades, solo una urgencia profunda por la salvación eterna.La historia de John Harper, lejos de ser una leyenda romántica, ha sido transmitida por los sobrevivientes y registrada en numerosas ocasiones en encuentros cristianos. Es un testimonio recurrente de un hombre que eligió permanecer fiel a sus convicciones en el momento más crítico, cuando todo a su alrededor se desmoronaba.
La Fe Frente a la Adversidad
Las Escrituras ya abordaban esta temática mucho antes, como se menciona en la Epístola a los Hebreos (11:39): «Y todos estos… no recibieron lo prometido». Este pasaje sugiere que la fe no siempre garantiza la exención de las tragedias, pero sí moldea profundamente la manera en que se enfrentan.Siglos atrás, Pablo de Tarso también experimentó un naufragio, según se narra en Hechos 27. Aunque el desenlace fue diferente, la certeza subyacente era la misma: la convicción de que la fe en Cristo es suficiente en cualquier circunstancia.En la actualidad, aunque no nos confrontemos con icebergs literales, sí navegamos a través de naufragios internos. La ansiedad, las crisis y la incertidumbre son desafíos constantes que nos llevan a una pregunta fundamental: ¿Qué es lo que perdura cuando todo lo demás parece desvanecerse?Como afirmó Agustín de Hipona: «Si la adversidad nos hace buscar a Dios, bendita sea la adversidad». Esta reflexión invita a ver los momentos difíciles como oportunidades para un crecimiento espiritual profundo.Si uno se encuentra en medio del caos, es posible que no sea el final de un camino, sino el inicio de una transformación. Quizás sea precisamente en esos momentos donde la fe se fortalece y adquiere su verdadera forma y propósito.
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