En la vida cristiana, existe una tentación sutil: creer que el crecimiento en la fe equivale a acumular respuestas, argumentos y claridad. Sin embargo, Brennan Manning, en su obra «Confianza Despiadada», desafía esta premisa desde las primeras páginas de «El camino de la confianza». Su provocación es clara: «La necesidad más urgente en tu vida es confiar en lo que has recibido».No se trata de más conocimiento ni de explicaciones adicionales, sino de una profunda confianza. En una cultura y una iglesia que a menudo valoran la certeza intelectual, esta afirmación resulta incómoda. Confiar implica vulnerabilidad, soltar el control y aceptar que no todo será comprendido antes de ser vivido.
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Manning lleva esta idea a un extremo radical, afirmando que «la confianza es nuestro regalo para Dios y Él la considera tan encantadora que Jesús murió por amor a ella». No se refiere al desempeño espiritual, la productividad ministerial o la impecabilidad moral, sino a la confianza como el centro, el núcleo y la esencia de la fe.De hecho, va más allá al declarar: «No he dicho en mi corazón: ‘Dios existe’ hasta que haya dicho: ‘Confío en ti'». La fe, entonces, trasciende el asentimiento doctrinal para convertirse en un acto de abandono. Ya no es solo creer que Dios es, sino descansar plenamente en quien Él es.
Cuando el dolor pone a prueba la fe
Confiar parece sencillo hasta que la vida se quiebra con el rechazo, la traición, la pérdida o el silencio divino. En esos momentos, surge la pregunta inevitable: «¿Cómo un Dios amoroso puede permitir que me suceda esto?».Manning no idealiza este proceso. Reconoce que es allí donde «se siembran las semillas de desconfianza» y que «se requiere un coraje heroico para confiar en el amor de Dios sin importar lo que nos sucede». La confianza bíblica no es ingenuidad; es una resistencia interior profunda.

Es decir «Abba» incluso cuando todo alrededor parece contradictorio, repitiendo con Jesús: «… en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23:46). En este punto, la fe deja de buscar la claridad absoluta.La Madre Teresa, como recuerda Manning, se negó a orar por claridad, afirmando: «La claridad es lo último a lo que te aferras y debes dejarla ir». En cambio, prometió orar por confianza. Quizás aquí reside una de las claves espirituales más profundas: el anhelo obsesivo de certeza puede ser una forma elegante de evitar el riesgo de confiar.
La raíz de nuestra desconfianza
Existe un aspecto aún más incómodo: a menudo, nuestra desconfianza en Dios no surge de argumentos teológicos, sino de heridas personales. Manning confiesa que, debido a la falta de afecto en su infancia, le resultaba casi imposible creer que Dios pudiera sentir ternura por él.La desconfianza suele estar ligada a la baja autoestima, a esa voz interior que acusa y condena, que siempre considera que no somos suficientes. Él la describe así: «El lenguaje de la baja autoestima es duro y exigente; abusa, acusa, critica, rechaza, encuentra faltas, culpa, condena, reprocha y regaña».Si no creemos que somos dignos de ser amados, nos resultará difícil aceptar que Dios nos ama incondicionalmente. Por ello, Manning afirma con una claridad pastoral que confronta y consuela: «Dios nos ama —a ti y a mí— en este momento, tal como somos y no como deberíamos ser». No cuando mejoremos o dejemos de fallar, sino ahora.
La conversión más urgente
Manning habla de una «conversión decisiva… de la desconfianza a la confianza», una que debe renovarse diariamente. Quizás este sea el verdadero discipulado: no el perfeccionismo espiritual, sino la decisión constante de creer que el amor de Dios es más grande que nuestra culpa, más fuerte que nuestra vergüenza y más estable que nuestras emociones.Afirma que «cualquier cosa menos —incluso el autorrechazo en cualquier forma— es una señal clara de falta de confianza en la total suficiencia de la obra salvadora de Jesús». Confiar, entonces, no es solo un acto devocional, sino una postura existencial; es permitir que la gracia tenga la última palabra.
El riesgo de caminar en la oscuridad
El camino de la confianza no ofrece garantías visibles. Manning lo describe con una imagen potente: es «la vida de un peregrino que deja lo firme, lo obvio y lo seguro, y se dirige hacia lo desconocido». No es imprudencia, sino obediencia; no es negación del miedo, sino un avance a pesar de él.El discípulo que confía no vive sin dudas, pero vive sin cinismo. No posee todas las respuestas, pero tiene una convicción inquebrantable: el amor de Dios no cambia. Y esa confianza, según Manning, le agrada al corazón del Padre.En un tiempo donde abundan los debates, las polémicas y las discusiones teológicas, quizás la pregunta más honesta no sea cuánto sabemos acerca de Dios, sino cuánto confiamos realmente en su amor. Al final, la madurez espiritual no consiste en acumular certezas, sino en poder decir, incluso en la noche más oscura: «Aunque el Señor me mate, yo en él confío…» (Job 13:15).
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