La frase que encabeza estas líneas no es meramente un lema; representa la esencia del motor que ha impulsado mi formación teológica a lo largo de los años. Al reflexionar sobre este profundo trayecto, identifico tres conceptos pilares que sintetizan esta vocación: el llamado divino, el aprendizaje continuo y la búsqueda de la excelencia.
El Llamado Divino
El estudio de la teología no surge del aburrimiento o de un simple afán intelectual por descifrar textos complejos. Por el contrario, nos dedicamos a la teología porque reconocemos una vocación divina, un llamado que emana de Dios hacia Él mismo y, por extensión, hacia Su pueblo.
Esta vocación implica escudriñar «todo el consejo de Dios» con el propósito fundamental de compartirlo tanto con la comunidad de fe como con aquellos que aún no conocen al Señor.
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El Aprendizaje Constante
La teología no se recibe de forma mágica; requiere horas de estudio riguroso y una dedicación inquebrantable. En este camino, la humildad es un valor indispensable, ya que nadie puede ostentar un conocimiento absoluto y definitivo.
El estudio teológico es un ejercicio de «enseñabilidad», donde nos abrimos a aprender de quienes nos han precedido en la academia y en la vida cristiana. De este modo, comprendí que mi teología es la de un peregrino, aprendiendo por fe sobre verdades que veré con claridad en la gloria venidera.
La Búsqueda de la Excelencia
Todo lo que emprendemos debe realizarse para la gloria de Dios. Por ello, la teología no puede ser un ejercicio superfluo de especulaciones ligeras o banales.
Debe ser un estudio concienzudo, serio y profundo; una labor minuciosa guiada por el Espíritu Santo y firmemente anclada en la Palabra de Dios. Tras tres años de formación en la Facultad de Teología Integral, surge la pregunta inevitable: ¿cuál ha sido el fruto de todo esto?
Desarrollo de la Formación
En retrospectiva, puedo afirmar que la formación recibida me ha moldeado en tres dimensiones esenciales: la intelectual, la espiritual y la comunitaria.
Una Formación Profundamente Intelectual
La exigencia académica de FTIBA eleva el estándar del pensamiento y los procesos cognitivos. El rigor de sus clases y requisitos acostumbra al estudiante a un nivel intelectual superior a la media.
Gracias a este proceso, hoy somos capaces de ejercer un pensamiento crítico que valora la tradición de la Iglesia, sin temor a explorar nuevos caminos o redescubrir los olvidados, en la búsqueda de una comprensión más clara de la fe.
Durante este proceso, adquirimos un vocabulario técnico y metodologías que antes nos eran ajenas. Me gusta comparar la formación en la Maestría en Divinidad con la edificación de una casa.
Los idiomas bíblicos (hebreo antiguo y griego koiné) constituyen el fundamento. La exégesis y la interpretación directa de los textos originales son las columnas. Las paredes y el techo son la teología bíblica y sistemática, coronadas por la historia de la Iglesia. El interior lo conforma la teología práctica, incluyendo homilética, consejería, pastoral, misiones, ética y apologética.
Una vez terminada la construcción, estamos listos para abrir las puertas y recibir a los invitados a través de la conversación, la predicación, la enseñanza, la consejería y el cuidado pastoral.
Un Enfoque Profundamente Espiritual
Más allá de la erudición y las incontables páginas escritas, el anhelo principal no ha sido obtener un diploma, sino alcanzar la piedad a través del estudio. El summum de la teología es conocer a Dios para deleitarnos en Él.
En FTIBA, la teología no es un fin en sí misma, sino un medio de adoración. Los cursos regulares de formación espiritual actúan como salvaguarda para que el conocimiento no se convierta en un ídolo, ni en un instrumento de legalismo o antinomianismo.
Al confrontar la belleza insondable de Dios con la realidad de nuestro propio corazón pecaminoso, el Evangelio de Jesucristo nos interpela. En este sentido, el estudio de los puritanos, especialmente de John Owen, ha sido vital para forjar una «mente espiritual».
Aprendemos a leer la Biblia desde la centralidad del Dios Trino y a maravillarnos ante Su gloria revelada en la cruz de Cristo. Solo hay una respuesta posible después de ser expuesto a esto por tres años: arrodillarse y adorar a Dios.
El Crisol de la Vida en Comunidad
La teología no se produce en una «torre de marfil», aislada de la realidad comunitaria. El estudio teológico no debe generar personas hoscas, agrias o distantes; al contrario, a mí me ha vuelto más humano.
He comprendido que el vínculo pactual con Dios impacta directamente en mi relación con los demás. Esta vida comunitaria se manifiesta en tres facetas esenciales.
Existe una unidad en la diversidad: en el seminario convergen estudiantes de diversas denominaciones. Sin embargo, nos une «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Efesios 4:5). Disfrutar de esta diversidad es saborear un anticipo del Cielo en la tierra.
También se forja una comunión profunda: FTIBA no es solo un lugar de estudio, sino un espacio donde se ríe, se llora y se construyen amistades duraderas. Esto es algo que un veterano profesor de la casa gusta de llamar ‘pericoresis’.
Finalmente, el servicio: desde las tareas asignadas por becas hasta los actos voluntarios, aprendemos a servirnos por amor a Jesús. Cada tarea, incluso la más simple, es un acto de adoración.
Realizamos cada labor con alegría, motivándonos mutuamente a no caer en la mediocridad, sino a servirnos los unos a los otros y aportar a la institución con gozo. Como la Escritura enseña y la tradición reafirma, estudiar teología es una de las formas de glorificar a Dios y ser plenamente felices en Él. Esa ha sido mi experiencia personal.
En FTIBA aprendí una manera de ser y de actuar anclada en el rigor académico, la profundidad espiritual y la centralidad de la comunidad. Si estás leyendo estas líneas, quizá Dios te esté llamando a considerar los estudios teológicos.
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